martes, 24 de junio de 2008

Somos lo que comemos


La preocupación por comer de forma saludable ha ido a más en los últimos tiempos. Estamos todos informadísimos sobre lo bueno y mejor para nuestra salud, lo que nos conviene para evitar cánceres, embolias, estreñimiento, flacidez, envejecimiento y manchas en la piel. Si uno empieza a zambullirse en el apasionante mundo de la dietética y la nutrición, descubre que los caminos de las buenas prácticas alimentarias son inescrutables. Pobre del que se tome muy en serio estos caminos porque podría acabar decidiendo no comer. Sobre todo si se mete en el terreno de lo biológico, integral y/o orgánico. Uno descubre que se podría estar matando con todas las porquerías que le entran en el cuerpo, que derrocha la salud día a día con aditivos, conservantes y colorantes que llenan los estantes de los supermercados.Leer etiquetas puede resultar altamente peligroso: qué miedo ese rosario de números y letras en mayúscula, guión intercalado, que no se sabe a qué misterioso producto se refieren. Se puede acabar decidiendo poner fin a este desbarajuste y empezar de cero para alargar la propia vida unos cuantos años más: fruta y verdura de cultivo biológico, pastas y arroces integrales y con un abanico infinito de productos bio, yogures artesanos, carnes rojas de terneras que corrían por el monte y gallinas de corral que han vivido felices. Cuando uno lleva un mes rascándose el bolsillo en esta inversión en salud, la dicoto-mía es clara: o vivimos más o vivimos, o pagamos la comida de verdad o pagamos el alquiler y las facturas. Resulta que la salud también es cosa de ricos y uno se hace a la idea de que, por pobre o medio pobre, morirá antes.


Fuente:

ElPeriodico.com

24 de Junio de 2008



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