viernes, 24 de agosto de 2007

Las personas inteligentes viven más



¿Existirá una dependencia mutua entre la salud del ser humano y su intelecto? ¿Quizás el mejor método de conservar la salud consiste en estudiar con ahínco y pensar mucho?
Serguei Leskov
En todas las épocas y entre todos los pueblos, una de las leyes irrevocables de la civilización es el respeto a los ancianos.
Para conservar la salud: estudiar con ahínco.
En una forma u otra, los consejos de decanos existían y existen en cualquier sociedad.
Por mucho que critiquemos a la Academia de Ciencias de Rusia (ACR), ella también representa en sí un moderno consejo de decanos. En las reuniones de sus miembros salta a la vista que estos, aunque en su mayoría son personas de edad avanzada, tienen la mente y el cuerpo sanos. Surge una lógica pregunta: ¿existirá una dependencia mutua entre la salud del ser humano y su intelecto? ¿Quizás el mejor método de conservar la salud consiste en estudiar con ahínco y pensar mucho?
Al analizar esa dependencia, se debe evitar caer en trampas de una argumentación tentadora. Lo correcto consistiría en valerse de datos estadísticos. Por ejemplo, es sabido que del 30 al 50% de los longevos tenían longevos entre sus antepasados. Pero es difícil afirmar que todo se debe a la predisposición genética, porque en la familia suelen conservarse un modo de vida y un hábitat determinados...
Segundo, no se deben confundir las causas con las consecuencias. Las personas inteligentes llevan una vida más sana, todo el mundo lo sabe. Además, existen profesiones en que el éxito se logra proporcionalmente a la edad. Quien sobrevive, sube más alto. La edad actúa como una fuerza que empuja hacia el reconocimiento. En EE.UU., la más grande esperanza de vida la tienen los miembros del Tribunal Supremo, los que alcanzan ese cargo ya siendo ancianos. Pero campeones entre los campeones son sumos pontífices y patriarcas, de lo cual no se debe deducir que la longevidad sea resultado directo de un modo de vida rayano en santidad. El alto promedio de la edad de los miembros de la Academia de Ciencias en parte también se debe a que la promoción no se hace entre los científicos jóvenes, sino entre quienes logran sobrevivir a sus rivales. El título de académico es vitalicio, lo que es muy importante. Si recordamos qué es lo que empuja al ser humano a anhelar la eutanasia, haremos constar que la capacidad de no depender de nadie y estar solicitado constituye para la persona anciana el más importante estímulo para seguir viviendo.
Hace 30 años, científicos de la Universidad de Harvard tomaron bajo su control un grupo de 700 niños de 7 años de edad. Se les hizo examen médico y un test de su desarrollo intelectual. La observación se realizaba de modo permanente, y hace poco se hicieron del dominio público los resultados de un segundo examen. Los niños que a los 7 años de edad demostraron tener más alto intelecto, siendo mayores se distinguían por una mejor salud. Y al contrario, quienes en el primer grado de la escuela hacían escaso alarde de su intelecto, resultaron tener salud débil. Se sobreentiende que el futuro académico no puede permitirse tener mala salud, aunque sea por las sobrecargas que lo esperan en el curso de posgrado. He aquí la lista de las enfermedades características para las personas cuyo intelecto no es muy alto: diabetes sacarina, asma, cáncer y enfermedades cardiovasculares.
Algunos objetarán: se puede dedicarse al intenso trabajo intelectual, ser sano, pero morir de una muerte repentina. Ciertamente, el más indiscutible indicador de la buena salud es la longevidad.
Los estudios en materia de gerontología se apoyaban enérgicamente en la URSS. Stalin fundó para el Profesor Alexandr Bogomolets en Kiev el Instituto de Gerontología. Pero el científico murió cuando era más joven que su protector. "¡Ese canalla nos ha engañado a todos", exclamó Stalin, al enterase de su muerte.
El más gracioso de su época dijo en una ocasión una cosa muy acertada: por mucho que se haga por el hombre, él se arrastra con obstinación en dirección hacia el cementerio. Pero la velocidad y las rutas son distintas. Se pudo probar que los seres humanos se parecen al vino. Algunos, con el devenir de los años, se transforman en vinagre, mientras que otros adquieren un sabor mejor. Hace falta reflexionar más para ser más sano.
He aquí unas historias.
La primera es del académico Borís Chertok, de 95 años, diseñador de naves espaciales.
Todos los días, a las 8 de la mañana, él llega a su despacho ubicado en la corporación aerospacial "Energía". Siendo joven, era alto y enjuto, practicó el remo, el alpinismo y el turismo náutico. El año pasado, con mochila a las espaldas, recorrió a pie varias islas del archipiélago de Solovkí. Nada en un embalse de la provincia de Moscú. Antes fumaba mucho, pero hace unos años dejó de fumar, accediendo a las recomendaciones médicas. Hasta hoy día puede apurar unas copas en buena compañía, lo que le permite no perder el gusto por la vida. Lee mucha prensa, está al tanto de las nuevas publicaciones que le interesan. Al académico le gusta mucho conducir auto, y lo hace hasta hoy. Chertok trabaja todos los días, porque el trabajo es el mejor entrenamiento para el espíritu, el cuerpo y el cerebro, al decir de él. Es un brillante interlocutor, habla con mucha gracia. Le interesan especialmente las perspectivas de desarrollo de la sociedad y de la astronáutica.
La segunda historia es del académico Iósif Friedlander, de 94 años, creador de centrífugas nucleares.
Todas las mañanas él llega al Instituto de Materiales de Aviación. El académico Friedlander creó aleaciones de aluminio con las que se construyeron varias generaciones de aviones rusos, y también centrífugas de enriquecimiento de uranio, sin lo cual es imposible obtener combustible nuclear para centrales nucleares ni material para bombas atómicas. En EE.UU. no han logrado desarrollar centrífugas de características tan fenomenales: las de Friedlander han estado funcionando sin pararse durante 30 años a velocidad de 1 500 revoluciones por minuto. Pero su creador las supera en solidez.
Siendo estudiante, Iósif practicaba boxeo, era especialmente bueno su golpe directo con la derecha. Más tarde jugó al balonvolea, se aficionó por el excursionismo y la natación. Actualmente, por las mañanas levanta pesas de 3 kilos durante una hora. Hace un paseo diario de dos horas de duración.
Para conservar la claridad del pensamiento, hay que seguir siendo optimista en cualquier situación, aconseja el académico. Friedlander no ha fumado nunca, pero puede tomar alcohol en una buena compañía, cuando hay motivos para ello. Hasta hoy día es capaz de atraer la atención de las mujeres.
Tercera historia: académico Vitali Guinzburg, 91 años, Premio Nobel.
Hasta cumplir 85 años de edad, en el Instituto de Física Lébedev de la ACR dirigía sus famosos seminarios teóricos; actualmente se dedica a la labor social, popularizando la visión científica del mundo. Nunca practicó deportes, estos jamás pudieron interesarlo. Evitaba realizar todo trabajo físico, siendo un teórico por su naturaleza. Trabajaba solo con documentos, pero las ideas lo emocionaban tanto que la adrenalina bullía en sus venas, según reconocía él mismo. A los 30 años de edad, era alto y esbelto como un ciprés. Guinzburg no fumaba nunca, pero podía tomar, y mucho, sin ponerse borracho. Su plato predilecto son bocadillos; entre las bebidas él prefiere leche. (Fuente: Ria Novosti/Visiones Alternativas)
(Variante extractada del artículo que fue publicado en el periódico Izvestia el 17 de agosto de 2007)







Fuente:

Cubaperiodistas.cu

24 de Agosto de 2007



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